October 2008


Qué raro es ir a trabajar de día. De la noche cerrada de la semana pasada los rayos, nada tímidos, de un amanecer amarillo y azul. Llegan unos días extraños que confunden y huelen a verano, llegas de día y vuelves a casa rodeado de sol. Pero dura muy poco tiempo. Pronto volverán las sombras y la oscuridad que antecede al invierno. Y las escasas horas de sol pasarán rápido detrás de la persiana de una oficina más de otro edificio de cristal.


Thom Yorke - Cymbal Rush, from Henry Rollins Show

No recuerdo cuando escuché por primera vez un disco de Extremoduro, pero fue hace mucho tiempo, quizás llegó en el mismo momento, y fuera uno de los responsables directos, de esta pasión musical que me persigue. Fueron fieles compañeros de muchas noches de desamor, desilusiones y fracasos. Muchas lágrimas encogidas que se negaban a precipitarse al vacío y que la rabia, empujada a golpe de distorsión de guitarra, hacía crecer una coraza que ya nunca dejo ver su interior.

Abanderados del fracaso siempre fueron esos compañeros de viaje con los que sentirse a gusto, eran accesibles y podías tratarles incluso de tu a tu. Pero nunca fue fácil declararse seguidor del grupo, ni lo fue en la época de instituto, ni en la universidad, ni los primeros años de trabajo, ni ahora cuando mantienes un webzine musical.

En tiempos pre-Internet, no sé si por ser extremeño, digamos que la música de Robe era conocida y fácil de conseguir, sus discos rulaban de mano en mano para la hacer la típica gracia del mare, mare no mate usted al pollo… o entonando el estribillo de Jesucristo García. Pero había más, mucho más en esas letras mezcla de versos propios, de otros arrebatados de poetas imprescindibles y de una rudeza ya típica que acompañaba a los acordes más sucios. Ante la incomprensión de todos, empezó la escucha clandestina.

Pero todo cambió un día, se publicaba Agila y Cáceres amaneció empapelada de carteles de anuncio de su nuevo disco, donde un tipo poderoso salía de la tierra amarilla y seca con gesto de rabia, bajo un cielo rojo, con árboles secos iluminados por una luna inmaculada. Escuché el disco sin ninguna referencia, como siempre, y con el mismo nerviosismo que cualquier otro, pero todo quedó eclipsado por una canción que habían titulado Buscando una luna. No sé cuanto tiempo estuve escuchándola sin parar, sin atreverme a pasar a la siguiente, gastando la pila y la cinta en aquel viejo walkman que sonaba un poco a rayos. Fueron días y quedo grabada en mi cabeza, pero resultó que cada canción era una pequeña joya y, de repente, los ojos de la indiferencia se posaron por primera vez en aquellos que escupían en los conciertos y que tenían vetado tocar en Plasencia. De hacer conciertos casi clandestinos en pueblos de la provincia, huyendo de la tiranía de los alcaldes de la capital, a llenar el Palacio de Deportes de Madrid varias veces seguidas. De los conciertos de cuatro, con la camiseta de “No quiero ser como tu” en la espalda, pantalones de pitillo y melena desaliñada, a miles con camisas de cuadros, jerseys a los hombros y zapatos castellanos. De cantarse en la oscuridad de algún bar vaciando macetas de calimocho, a aparecer en bandas sonoras de películas de renombre.

Fama, popularidad y más música. Ahora yo no eres minoría y la generalización lleva consigo, como una sanguijuela que chupa constantemente la sangre, la mediocridad. No puede ser bueno si le gusta a todo el mundo, ya no es independiente, ya cayó en las redes de una multinacional que les paga por vivir. Vuelta a la clandestinidad.

Pero llega la ley innata inesperadamente, después de tantos años de silencio, y vuelve el recuerdo y el corazón vuelve a latir con fuerza y las lágrimas se agolpan en los ojos queriendo salir, pero sabiendo que no nunca escaparan. Y llegó el olor de ese aire conocido, notas su presencia, reconoces el lugar y el sabor salado. Y llego la excusa perfecta para empapelar la casa con la cita de Cicerón:

Extremoduro - La ley innata