Conocí a David por casualidad en el que ha sido mi último Festival Contempopranea. La verdad que no recuerdo muy bien como empezó todo… Realmente suena extraño que surgiera una conversación sobre poesía al ritmo del pop marca de la casa del festival extremeño. Aunque más raro fue que acabáramos presentándonos él, como un poeta que quería escribir, y yo, como alguien que siempre ofrece al menos un sitio donde hacerlo.
Pero lo más frenéticamente sorprendente surgió después, cuando intentamos concretar la colaboración. Después de innumerables emails apareció una de las ideas más sorprendentes que he escuchado y que es uno de los temas recurrentes de este portal. El peligro de una autobiografía es algo más que un simple extracto de textos, es la disección de nuestra propia vida basada en la influencia de la lectura. Es un escaparate desde donde se puede ver como se construye la personalidad, las opiniones, la educación y el pensamiento visto desde un proceso acumulativo y creativo de reflexiones ya existentes. Transformar ese punto de vista, andar nuevos pasas por el camino que dejaron otros.
David Alhambra me manda ahora una carta de motivación escrita para un curso dado en La Casa Encendida, este verano. Algo en torno a la obra de Cheever, a cargo del argentino Rodrigo Fresán, unas clases impartidas por él. Ha sido rechazado, y me ha pedido que la pase aquí, la carta. Espero que le sirva de consuelo, y que pronto nos mande más cosas para Notesalves.com. Muchas gracias David, aquí siempre tendrás un hueco. Un abrazo.
” Hola, qué tal. No sé qué tipo de carta debo de escribir. Ayer noche, cuando pensé en apuntarme a este curso, se me ocurrió incluir un relato o una especie de apunte psicológico, una pequeña anécdota que siempre estoy a punto de contar y que nunca cuento. Espero un autobús para el puerto. La parada es en la Nacional III a su paso por Sagunto. Una parada de autobuses improvisada, mal señalizada.
Espero en un banco. La noche ha caído y reina la penumbra.
Llega un taxi. Miro mi reloj, llevo mucho rato esperando. Pensando, entre otras cosas, en el castillo en ruinas, ahí arriba, y en el humo que está en todas partes. El castillo tiene una iluminación no poética.
La gente que ocupaba el taxi se sienta a mi lado.
Hija, siéntate. La hija enciende un Ducados, aún de pie, cubierta con un chal. Es enana -estará rondando el metro de altura-, frisará el medio siglo de vida en el mundo. Miro mi reloj y después les pregunto adónde van, aunque sé que sólo viaja una de ellas y presupongo cual. Tiene el pelo corto y blanco.
Usa un soporte con ruedas y pone su manita encima, una maleta pequeña.
La enana carga su maleta. Montpellier, dice la madre, y se calla.
Tiene el pelo teñido. La carretera está oscura. Estaba la estúpida iluminación del castillo y el espectáculo incierto de las carreras de coches, y ella ha transformado el conjunto. Me gustaría hablarle, pero no sé qué decir y no quiero parecer inoportuno. Fuma sin parar y desprecia a su madre, a la que mira mal.
Llega su autobús. Luego, el mío y el de la madre, que ha subido conmigo. No, señora, no se moleste en cederme su asiento. Esto no es un andador… es un soporte con ruedas, es por mi hija, dice, viaja en ese autobús.
¡Qué tonta soy! ¡Qué tonta soy! ¡Apártense, apártense! ¡No ven que su hija viaja en ese autobús!
Va a Francia, dice el conductor.
Sí, dice la madre.
Todos nos apartamos. La parada del semáforo de salida del pueblo mantiene ambos autobuses en línea. La mujer que le ha cedido su asiento, es un manojo de nervios y no para. Le gustaría decirle que no hace falta, pero ya ha corregido una vez a la mujer, y es una regla general simple de comportamiento social, no contrariar dos veces, aunque se equivoque, a quien te muestra un gesto de cortesía.
Por eso no corrige a la señora, pero está claro que, encontrar a su hija, es más difícil que encontrar a Wally… el momento pasa, y cada conductor sigue su ruta.
La obra de Cheever me apasiona, y el tipo al que dejan de invitar a las fiestas soy yo, aunque nunca he vivido en una zona residencial. Pienso que como no puedes decirle la verdad a la gente que viaja contigo en autobús, por culpa y virtud del contrato social, escribes cuentos.
Yo todavía no he escrito ninguno, pero creo que este curso me ayudaría a hacerlo. Atentamente,
David Alhambra.”