editorial


Hoy quiero ser Standstill.

…crecimos con el grito de rabia, nos emocionamos, soñamos, caímos y nos levantamos. Tantas veces como mañanas. Tantas veces como sorbos de café recalentado, moviendo la cuchara y haciendo ruido. Crecimos con Standstill. Ellos son los que llevan el estandarte vacío de esta extraña comitiva que avanza siempre adelante…

10 años y una zanahoria. Stanstill 1997-2007

…Standstill presenta un tapiz verde que huele a pegamento y encierra tres cartas, tres círculos, tres números y tres colores. Cada una es una sorprendente invitación a seguir una partida. La mía, la suya o la tuya. En reverso aparece una advertencia diciendo que no será fácil. Cada carta cobra un significado diferente dependiendo de quién la vea y cuándo. Ilusiones, decepciones, desconocimiento, seguridad, conformismo, nervios, tensión, juego, diversión, lamentos, lagrimas, risas. El camino se vislumbra en el horizonte y la propuesta es seguir avanzando siempre adelante….

Standstill. Adelante Bonaparte, Buena Suerte (2010)

¿qué estás buscando? ¿qué encontrarás? ¿qué estás esperando? ¿va a llegar? ¿tuviste la oportunidad? ¿la conseguiste? ¿encontraste la manera de no perder el control? ¿dónde está la felicidad? ¿la sentiste? ¿hay alguien más que luche contra ese muro? ¿o el secreto está en no pensar en ello? Y si la tengo, nunca lo sabré.


Sin el desgaste de lo cotidiano. Esa fue la frase que repetía una y otra vez al salir del cine, justo después de haber visto El secreto de sus ojos de Juan José Campanella. Lo repetía para que no se me olvidara y aguantara en mi frágil memoria justo el tiempo suficiente para encontrar un trozo de papel y lápiz para apuntarlo.

Quizás sea esta frase la que mejor defina esta gran película y quizás lo sea también para el disco de Nacho Umbert. La misma frase que recuerda esa especie de estado ilusorio, atemporal y aún no contaminado. Una burbuja de colores precisos y perfectos, sin segundas opiniones o desengaños que enturbien la mezcla.

Sin el desgaste de lo cotidiano une las dos reseñas, bajo el prisma de él y ella que se unen en la misma promesa que no podrán cumplir, declarada en una canción que no tiene título.


Aunque no lo parezca, principalmente porque no se refleja en ningún sitio, cada semana quiere tener un hilo conductor. Hay veces que no me da tiempo a tener listas las reseñas y sólo queda el título en la portada, otras ni siquiera puedo actualizar prácticamente nada. Hace tiempo que decidí que estas actualizaciones no estuvieran sujetas a ningún tipo de periodicidad, porque me agobiaba.

Pero bueno, siempre que pueda voy a hablar un poco del editorial de la supuesta semana. Esta misma, sin ir más lejos, lleva por título “¿Y si fuera cierto?” y la abre una fantástica fotografía de Dennis Stock, es una pasada. De este titular nacen dos reseñas, la de la película de Ang Lee, Destino Woodstock, y el disco de Tulsa, Espera la pálida (Subterfuge, 2010).

El titular de “¿Y si fuera cierto?” juega con una de esas ideas que me atormentan casi siempre, como la sociedad es capaz de engullir con el tiempo cualquier interferencia que encuentra. Lo que en un momento suspuso un temporal imprevisto como Woodstock, al final se normaliza y se convierte en un negocio más, sujeto a las mismas leyes que cualquier otra actividad mercantil. Y al final queda la imagen tragicómica de barro, drogas, sexo con música de fondo. Pero realmente aunque sea esa la imagen que transcienda, no es eso. Y aún hay gente que así lo piensa, y la pregunta sería esa, ¿y si fuera cierto? ¿y si hubiera decenas, cientos, miles de personas que pensaran de otra forma?

Con el folk ha pasado quizás un poco lo mismo, el hecho que sea un estilo que funciona automaticamente pasa a explotarse y fabricarse casi en serie. Al final no queda mucho y entre tanta cantidad es dificil descubrir donde está la originalidad. Me recuerda esos lagos anegados de China donde cultivan perlas que echaron en la tele hace poco. Dicen que son exactamente iguales que las que nacen en libertad. Tulsa te hace recordar la diferencia.


Nada en la nevera
Nada entre tus brazos
Nada con sentido
Todo esta en el aire
Libre todo el día
Libertad asfixiante
Por no querer nada
Ya no quiero a nadie

Nada
Aroah
El día después (Acuarela, 2007)

Se habla mucho estos días del cambio climático, de la intervención humana que provoca alteraciones en la naturaleza y acelera cualquier previsión. Desaparecen estaciones y nos encontramos con fenómenos atmosféricos inesperados. En esta competición por ese supuesto liderazgo que hay conseguir independientemente de la actividad que realices, tiene muchos más efectos colaterales de los que uno no se da cuenta tan fácilmente como ver nevar en agosto.

Más difícil es darse se cuenta de la desaparición de la infancia y de ese extraño sentimiento que inunda a los más jóvenes por ser adultos cuanto antes. Las distancias se acortan, se abandonan los estudios en pos del dinero rápido y de saciar las necesidades creadas cuanto antes. Y no estamos hablando de países del llamado tercer mundo donde la infancia desaparece por el instinto de supervivencia. Es algo común y frecuente en nuestro mal llamado primer mundo.

Tideland llega a nuestras pantallas dos años después de su estreno en el Festival de Cine de San Sebastián y casi tres después de su realización. Llega y no creo que esté por mucho tiempo. Es una película donde Terry Guilliam nos da una lección, donde seguro la mayoría de los que se acerquen al cine abandonarán sus asientos antes de que concluya, donde nadie entenderá nada de lo que allí vea y eso significará, en palabras de su autor, que ya no queda nada del niño que fuiste, que cualquier atisbo de inocencia, confianza o cualquier otro adjetivo que uno asocia a la infancia ha desaparecido.
Lo peor de llegar a ser adulto es que te das inmediatamente cuenta que lo serás siempre pero que niño no lo volverás a ser nunca.