Hace un año el influjo de una luna desquiciante y la salida del concierto de uno de mis grupos predilectos, de esos que aún mantienen la necesidad de seguir escribiendo, se conjuraron para crear una noche mágica. Ni lo sabía, ni me lo esperaba. Pero aún conservo el recuerdo imborrable de una vuelta a casa, pasada la media noche, entre librerías abiertas, puestos de libros en las aceras y decenas de curiosos ojeando ejemplares a unas horas intempestivas. Más tarde me enteré que aquella locura repentina tenía nombre y apellidos. Algo así como La Noche de los Libros. Fíjate que no me di cuenta que aquella noche fue un 23 de abril, y que todo el mundo celebraba la muerte de Cervantes, hecho que desde hace muchos años se ha convertido en la efeméride necesaria que respaldara ese título que todos conocen hoy como el día del libro.
En Madrid, el día se extiende a la noche y ya son bastante las citas que tienen su cara nocturna y tanto sol como luna son protagonistas de eventos culturales en la capital. Si el año pasado no fuimos capaces de enterarnos a tiempo de la cita, aumentando esa pequeña frustración congénita de este pequeño portal, esta edición teníamos y debíamos estar atentos. Desde el año pasado hemos apostado mucho por la literatura, Santos Domínguez nos ha llevado a terrenos antes impensables y hemos redescubierto un universo infinito y apasionante. Por esta y muchas razones queríamos estar ahí, siendo testigos de algo tan necesario como imprescindible, la urgencia de la lectura.
Este año el despliegue de medios ha sido absolutamente abrumador. El programa preparado rebosaba actividades que uno, por más que quisiera, nunca jamás podría abarcar. A la apertura nocturna de librerías y bibliotecas, se le unían tertulias en cafés emblemáticos, música en las calles acompañando conferencias magistrales, como la de Antonio Gamoneda, premio Cervantes 2006, o Jostein Gaarder. También, música y palabra unidas bajo el nuevo adjetivo, Spokenword, creado para definir este nuevo movimiento.
Nos embarcamos en la caravana de prensa preparada para la ocasión como el mejor método para intentar ver el mayor número de actividades posibles. El recorrido confeccionado a priori respondía a la mayor parte de nuestras inquietudes. De una forma ágil podríamos ver una muestra de todas actividades propuestas, participar en una tertulia, visitar una biblioteca, asistir a la conferencia de Jostein Gaarder, vivir el concierto de Sophie Auster, compartir esa visión de Eduardo Galeano de Popol Vuh y el fin de fiesta con el spokenword de Alpha Decay. La agenda se presentaba repleta de citas imprescindibles.
Todo comenzó con uno de las mejores ideas que uno ha visto en los últimos tiempos. Y es que aún existe esa creatividad que asusta y que es preciso identificar, reconocer y cuidar. Se trataba de colgar libros de un cielo imaginario y dejarlos para que el inquieto transeúnte olvidara un momento cualquier urgencia y se dejara atrapar por decenas de libros que colgaban a su alrededor. La calle Fuencarral fue el testigo principal de tan inquietante motivo. Muchas editoriales quisieron colaborar con la propuesta y advertimos el interés de La Fabrica por dejar allí su impronta. Ante nuestra perplejidad pudimos ver colgados varios números de Matador, Ojo de pez o Eñe, esas revistas de culto cuyos ejemplares, sobre todo de la primera, son casi objeto de coleccionista. Ahora estaban al alcance de cualquiera. Como esta editorial, otras muchas cedieron ejemplares para que este cielo imaginario estuviera repleto de estrellas y que arroparan a esa luna curiosa y tremendamente atractiva que formaba parte del cartel de este año.
Cerca de allí, en el Café Comercial de la Glorieta de Bilbao, se daban cita tres escritores para hablar y compartir opiniones con espontáneos tertulianos. Los protagonistas eran Espido Freire, Fernando Marías y Carmen Posadas. Sin ser, ni mucho menos, fervientes seguidores ni lectores de su obra quisimos aprovechar la ocasión vivir en primera persona una de esas tertulias que hicieron famosos a muchos de los cafés de la capital. Sin embargo, ni los protagonistas, ni el tema de conversación, “Cosas que nunca dirías en una mesa redonda”, fueron capaces de atraer nuestra atención, por otro lado, bastante dispersa. Asistimos a una especie de tertuliano profesional capaz de hablar y hacer hablar a sus compañeros. Nunca me gustó eso de divagar sobre cualquier tema sin sentido, sin la intención prefijada de llegar a un objetivo claro. Supongo que lo práctico, una vez más, me puede. Sólo cuando hablaron de temas tabú para un escritor de renombre consiguieron atraer mi atención. Consideré oportuno el inciso de Espido Freire cuando reconoció públicamente, como si una reunión de anticervantianos anónimos se tratase, su especial animadversión hacía la universal obra del Quijote. Sin embargo, el nivel volvió a caer en picado cuando ella misma no podía ni imaginar como sus contertulios no fueran incondicionales de Shakespeare. Curioso espectáculo que se internaba peligrosamente en lo teatral pero que, afortunadamente, supimos escapar a tiempo.
La hoja de ruta marcaba como siguiente cita la Biblioteca Central donde podríamos asistir al espectáculo infantil Bailar las palabras a cargo de la compañía Contratiempo. Sin embargo, nos dirigimos de nuevo hacía la calle Fuencarral para que, en principio, los periodistas más rezagados pudieran fotografiar el espectáculo de los libros colgantes. Pero pasaban los minutos y la siguiente cita peligraba (a pesar del autobús que iba a acompañar a la comitiva). Poco después nos advierten que debíamos esperar pues se esperaba la llegada de la Presidenta de la Comunidad de Madrid, doña Esperanza Aguirre, y que debíamos estar allí para recoger el momento.
Fue aquí cuando el velo y todo el edificio cayeron como si todos los pilares hubieran sido rodeados de dinamita y alguien apretara ahora el botón. Imágenes de precampaña, despliegue de medios, todo cuadraba ahora. Tristeza, mucha tristeza como asistimos al correr de los minutos esperando a pagar el mecenazgo de la idea. Asistimos impotentes como nuestra luna fuera violada con la salida del personaje ante una nube de fotógrafos, cámaras y curiosos. Esperamos y esperamos. Sentimos que habíamos formado parte de un juego del cual nunca hemos querido formar parte. Perdimos la inocencia tan de repente que todo lo demás nos pareció artificial. Perdimos la magia, que seguro que hubo y mucha, con el golpe directo de la parafernalia electoral y propagandística. Nos hicieron ver y releer el programa, reconocimos a los que estaban y echamos de menos a los que no estaban. Sobre todo ahora, que entendimos que la cultura que rebosaba en este día tenía que pagar un precio político.
Nos perdimos las dos citas siguientes por cubrir como la máxima mandataria de la comunidad pudiera acercarse a comprar algún libro, exigiera su 10% de descuento y diera su discurso narcisista. Afortunadamente, salimos disparados hacía la conferencia de Jostein Gaarder, por lo menos, la cita con el autor noruego no parecía peligrar.
Llegamos a la Consejería de Cultura y Deportes de la Comunidad de Madrid, en la recuperada sala Alcalá 31 para asistir a la conferencia del autor de El mundo de Sofía. Llegamos y quedamos atónitos con la cola formada para intentar asistir a la charla. Nadie, ni siquiera los organizadores, previeron tal expectación y el auditorio se quedó muy corto para albergar a todo el público que quería ver en persona y escuchar las palabras de su autor favorito. Para calmar la espera de los que allí se dieron cita, y la nuestra, asistimos al Nu-Jazz de Adolfo Delgado Trío que, en plena calle Alcalá, inundaron de color y buena música contrarrestando el ruido de coches y autobuses tan protagonistas en esa popular arteria madrileña. Por un momento, nos hicieron olvidar lo ocurrido y hacernos pensar que lo vivido no fue más que una horrible pesadilla.
Alimenta tu imaginación fue el título elegido por Gaarder, en una conferencia que se transformó en una defensa feroz por el cuento, por esa transmisión oral tan presente en otras épocas y que se va perdiendo por la velocidad y la inmediatez de la televisión, internet o las consolas. La infancia no crece alimentada por la literatura que debe escapar de etiquetas, infantil o juvenil. En el llamado primer mundo, donde todos los libros están accesibles, surge la tremenda paradoja del robo del cuento infantil, mientras que en zonas donde no existen imprentas ni electricidad, la tradición oral es muy fuerte.
El cuento debe vivir dentro de nosotros proporcionando una lengua materna en común. Para Gaarder, Momo es una novela legendaria y visionaria porque los ladrones de atención que nos rodean, como Internet o la televisión, nos brindan la comodidad y nos roban nuestra capacidad para imaginar. Luchemos por una sociedad donde pervivan libros y cuentos, una buena historia jamás debe morir.
Después de alimentar la imaginación, y un poco nuestro estómago, fuimos a otra de las citas clave del día. La hija de Paul Auster, Sophie Auster, acompañada por la banda neoyorquina One Ring Zero se atrevía a cantar textos propios y de autores tan emblemáticos como Paul Eluard, Tristan Tzara, Robert Desnos, Gillaume Apollinaire y el propio Paul Auster. Bajo el techo acristalado del patio de la Real Casa de Correos, que cobija la Presidencia de la Comunidad de Madrid, y con un amplio aforo de prensa e invitados, Sophie Auster deslumbró con su belleza tanto física como, sorprendentemente, vocal. La música, en formato reducido para la ocasión, únicamente piano de cola y guitarra, no consiguió el mismo propósito, sin embargo, bajando bastantes enteros esa intensidad de luz que antes mencionábamos. No logró encandilar la música lo que si hicieron los textos por si solos, el resultado no convencía lo suficiente y optamos por escapar hacía la siguiente cita.
La escalinata de la Casa de América presentaba otro lleno espectacular, eran las 23:30 y decenas de personas se agolpaban en las cercanías intentando hacerse un hueco para entrar y asistir a la versión de Eduardo Galeano de Popol Vuh a cargo del grupo mexicano Las mentirosas. No conservamos las fuerzas necesarias para pelear por un hueco en la representación. Tampoco teníamos intacta nuestra magia y sentimos que nos habíamos perdido lo verdaderamente importante.
Al final decidimos dejar la noche iluminada por globos donde se leía que era 23 de abril, que era La noche de los libros y que leer es casi lo único que nos diferencia. Nosotros escapamos con cierto aroma a fracaso y decepción. Supongo que la ilusión es demasiado efímera. Ojalá esta noche marque un antes y un después y que las siguientes ediciones puedan nacer sin el mecenazgo del político interesado. De todas formas aprovechen estas ocasiones y traten de hacer lo que nosotros no conseguimos, abstraerse de este mundo donde nadie hace nada sin pedir algo a cambio.