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Sábado, 31 de julio de 2010
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18/01/2009
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12/10/2008
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Apuntes de lectura de "Por qué no he escrito ninguno de mis libros", Marcel Bénabou
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Fragmento sobre Mediocridad y Delirio de Hans Magnus Enzensberger
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01/01/2008
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01/12/2007
Fragmento breve de "La Inteligencia Fracasada", José Antonio Marina
24/11/2007
El peligro de una autobiografia
David Alhambra
Apuntes de lectura de "El corazón secreto del reloj", Elías Canetti.

..voy a transcribir unos apuntes de lectura de Canetti, pues devuelvo el libro a su estante en el fondo de cultura de la biblioteca municipal de Conde Duque. Lo hago, paso unas páginas seleccionadas al soporte electrónico y, al hacerlo, me he dado cuenta de que, si se lee impreso y más o menos de seguido, parece un cuento, la biografía de un hombre a través de sus escuetas opiniones, opiniones sobre los hombres de letras que le marcaron, artículos de fe...



 
Durante los años de preparación, cuando leía las cosas más diversas para prolongar el camino hacia Masa y poder, daba la impresión de estar perdido en un océano de lecturas. Quienes advertían mi estado, me tomaban por un obseso, y hasta mis mejores amigos me daban cautos consejos. Que era superfluo no leer sino fuentes, decían, que también los grandes libros de antes se habían agotado ya mil veces, quedando reducidos a unos pocos conocimientos imperecederos. Todo lo demás era un lastre con el que no había que cargarse. Y eliminar lo innecesario era lo más importante en todo trabajo de envergadura.
Pero yo seguía remando sin gobierno en mi propio mar y me mantenía en mis trece. No tenía cómo justificar ese comportamiento, hasta que tropecé con la frase siguiente: Es posible que en Tucídides, por ejemplo, haya algún hecho de primer orden que alguien advierta sólo dentro de cien años. Esta frase figura en la introducción a las Consideraciones sobre la historia universal.
Mi deuda de gratitud más íntima para con Burckhardt, mi justificación de todos aquellos años, es esta frase.

Tras la disposición anímica más bien triste en que me encontraba desde ayer, leí a Karl Kraus. Leí el monólogo del criticón en el quinto acto, leí el Artículo necrológico, y, por una vez sin prejuicios, dejé actuar un buen rato sobre mí aquel lenguaje blindado.
Me poseyó y robusteció, me restituyó los bríos que mi rigidez cadavérica me había hecho olvidar, y al final reviví algo que me ocurrió hace cincuenta y cuarenta y cinco años: la articulación interior y el endurecimiento por obra de Karl Kraus.
A ello contribuye la articulación misma de esas frases, lo inexorable de su extensión, su elevado número, su inconmensurabilidad, la carencia de un objetivo global; cada frase es su propio objetivo, y lo único importante es dejar que su homogeneidad actúe sobre nosotros tanto tiempo como nos sea posible sentir su estímulo. Parece que esto resulta más fácil a partir de un estímulo propio, sea cual sea su carácter. Las frases blindadas de Karl Kraus no se pueden leer fríamente. Tampoco es posible leerlas desde la perspectiva de un intelecto examinador. El espíritu curioso es ligero, el verdadero saber sólo se adquiere sobre alas, y a través de Karl Kraus no es posible llegar a ningún saber. El saber le es indiferente porque no se puede condenar. Karl Kraus nos hace calar hondo en todo, y cuando lo hacemos, impulsados por su estímulo, fortalece en nosotros la violencia contra aquello que no queremos. Es importante saber qué cosas no hay que querer, pero es preciso saberlo con aversión y energía. Es algo que, un tanto a la ligera, podría designarse como las leyes morales. Así designadas, así planteadas, tienen un punto de aburrimiento que las vuelve inoperantes. Al acercarse a las frases blindadas de Karl Kraus con desesperación, debilidad o ánimo revuelto, uno recibe esas leyes como si estuviera junto a la zarza ardiente o en el Sinaí.
Lo curioso de esto es que en él no hay nada que evoque una divinidad, pero sí ese carácter absoluto de la exigencia que alguna vez fue religiosa.
Un absoluto que se secularizó y posesionó de la amenaza de Dios sin pensar mucho en lo que hacía: amenazar, vapulear, ser inexorable.
Hay un aspecto del autor satírico que en nadie puede estudiarse tan bien como en Karl Kraus. Ello se debe a que el objetivo mayor y más específico de sus ataques fue precisamente la Guerra Mundial; a que nadie como él llegó a conocer con tal perfección y en todas sus facetas la naturaleza de la guerra técnica moderna, y a que la combatió con idéntica energía de principio a fin, y no sólo tras convertirse al derrotismo, como la mayoría de los otros. Por odio a la guerra deseó desde un principio la derrota para su propio bando (si es que algo así puede decirse de alguien como él); al igual que muchos profetas, el bando al que de verdad perteneció fue el de las víctimas, e incluía tanto a hombres como a animales.

Sería pueril suponer que semejante actividad pueda realizarse sin apasionamiento. Nosotros, que tenemos muy buenas razones para recelar del apasionamiento, no podemos, retroactivamente, tomarle a mal que tuviera el suyo ni pretender negárselo. Sin algún apasionamiento merece el calificativo de legítimo es, sin duda, el suyo. Hueco no parece ser, en ningún caso; aunque se dirija hacia objetos menos convincentes para nosotros, está siempre lleno de una pasión sin igual y sólo podrá parecerles teatral a quienes nunca lo escucharon personalmente.

Robert Walser me emociona más y más, sobre todo en su vida. Es todo lo que yo no soy: desvalido, candoroso y veraz de una manera seductoramente pueril.
Es veraz sin ir en pos de la verdad, se vuelve verdad dando un rodeo en torno a ella.
No son los arabescos victoriosos y sensatos de Thomas Mann, que siempre sabe lo que dice y lo rodea sólo en apariencia. Walser quiere tener sensatez y no lo consigue.
Quiere ser pequeño, pero no tolera que lo acusen de pequeñez.

La palabra Kolchis, Cólquida: muy temprano. Sin la Cólquida, Medea no hubiera significado nada para mí. La interrelación de estos nombres me parece aún ahora verdadera y fascinante. Pero encuentro menos convincente que Odiseo surgiera primero en mí a través de Polifemo y de Calipso.
Nausicaa contribuyó a darle forma; el nombre de Penélope me inspiró aversión durante toda mi juventud.
Creo que se debe a los nombres mismos, no a las historias unidas a ellos.
En el caso de Polifemo, algo tuvo que ver el hecho de que Odiseo se convirtiera en Nadie para él.
Menelao me resultaba tan ridículo por su nombre como Paris. A Tiresias lo encontraba espléndido.
Quiero rastrear los nombres de la Odisea y sentir en mí sus orígenes.

Me resulta muy difícil conjugar el descontento de Tolstoi con su fe en Dios.
A veces pienso que se aferra a Dios para no reconocer su fe en sí mismo, para no ensoberbecerse. Muchos se preguntas, y es una pregunta terriblemente seria, qué pasa a ocupar el lugar de Dios cuando a uno le interesan los hombres y no uno mismo. ¿Necesita a Dios para que su propia persona no adquiera demasiada importancia? ¿Tiene que haber alguna instancia última y suprema a la cual encomendar las decisiones? ¿Qué contro, tendría uno si se permitiera tomarlas por su cuenta? Un acuerdo consigo mismo como instancia suprema supone una buena dosis de poder corruptor. ¿Cómo ponerle coto sin tener fe en Dios?

Ayer leí -una vez más después de mucho tiempo- uno de los libros más sinceros que conozco. Lo tengo conmigo hace cincuenta y tres años: El ruso habla, apuntes de una enfermera, diálogos que oyó en boca de soldados heridos en un hospital del frente, entre 1915 y 1916. Todo es de una gran verdad y suena como la mejor literatura rusa, que uno ama, y quizás esta literatura sea tan buena porque en ella se habla como sobre estos soldados heridos, la mayoría de los cuales son analfabetos. Leí hasta muy entrada la noche, el libro entero de un tirón -no es largo, aunque de una riqueza inaudita-; me recordó al ruso con el que hace un año volví a encontrarme en el recuerdo: Babel. Quizás me haya hecho pensar en todos los rusos que he leído últimamente. Son fragmentos breves, pero en cada uno de ellos habita el aliento que ya conocemos por los libros largos. Allí figuran todas las maldades que los hombres pueden decir sobre las mujeres, infinidad de palizas, bayonetas, borracheras, niñas destrozadas por cosacos; al acabarlo uno se siente atrozmente oprimido, es la imagen de la primera guerra mundial más fiel y verdadera que conozco, no escrita por un escritor, sino hablada por personas que, sin sospecharlo, son todos escritores.

La enfermera, Sofía Fedortshenko, califica sus apuntes de estenogramas, lo cual significa que pudo escribirlos muy rápidamente y sin llamar la atención, como ella dice, pues la gente estaba acostumbrada a verla anotar todo lo relacionado con su actividad profesional. De ahí que nadie desconfiara de ella y esas frases no sufrieran tergiversación alguna.

Es tal la imagen de la guerra que de ellas se desprende que todos deberíamos conocerlas de memoria.

He releído a Xuang-Tse. Si no existiera, yo estaría hecho de raíces. Pero es él quien me levanta de las raíces sin lastimar una sola. Su libertad crece con la desolación de nuestra tierra. También él se trazó una frontera, la muerte, pero es el único a quien no le tomo a mal esta delimitación.

Está muy cerca de nosotros en sus luchas. Habla con los sofistas, pero con qué dureza los rechaza. Dice con firmeza que las palabras son algo, las respeta y venera, y se las niega a los prestidigitadores. Muy hondamente me conmueve su desprecio de lo utilitario.

Algo sabe de vastedades, e involucró la vastedad exterior en la interna.
Se le podría llamar el lleno de vastedades. Y así, lleno, sigue tan ligero como si estuviera vacío, si es que alguna vez pudiera estarlo.

Musil es mi razón, como los han sido siempre algunos franceses. No cae víctima del pánico, o no lo deja entrever. Se enfrenta a las amenazas como un soldado, pero las entiende. Es sensible e inquebrantable. Quien tema la blandura, puede refugiarse en él. No da vergüenza pensar que es un hombre. No es solamente oído. Puede ofender con su silencio. Su ofensa consuela.

Todos aquellos a los que Nietzsche fecundó: muy grandes, como Musil, y todos aquellos a los que dejó intactos: Kafka.
Esta separación es para mí fundamental:
Aquí estuvo Nietzsche.
Aquí no estuvo Nietzsche.

Reencuentro con viejos personajes al leer en voz alta el David Copperfield. ¿En qué se ha convertido Urías Heep dentro de uno, y cómo era realmente?
Pero también están los personajes olvidados que, de pronto, uno aferra como por la punta del abrigo: ahí está aquél, ¿cómo era?, ¿es él realmente?, no, es totalmente distinto, la punta del abrigo es la misma, pero dentro del abrigo hay otra persona. Hay personajes que entonces, por ser uno demasiado joven, no le causaban ninguna impresión. Éstos nos asombran, muchos de los mejores están entre ellos.
Dickens forma parte de los escritores desordenados, que parecen ser los más grandes entre los grandes. En la novela, el orden empieza con Flaubert.
Nada hay en él que no haya sido tamizado. El orden alcanza su perfección en Kafka, cuya repercusión se debe también a que hemos sucumbido a muchos órdenes distintos, órdenes que han ido consumiendo la vida y cuyo predominio y superioridad sentimos en todo lo que existe en Kafka. Pero él aún respira, un aliento que extrae de la fiebre confesional de Dostoyevski y que da vida a sus órdenes. Muerto estará Kafka sólo cuando estos órdenes se desbaraten.

Al final de la biografía islámica de Platón se encuentra el siguiente e inesperado pasaje sobre su costumbre de llorar en voz alta: Le gustaba estar a solas en lugares solitarios, en medio del campo. Por lo general, la gente podía saber dónde estaba porque lo oía llorar.
Cuando lloraba, podían oírlo, en parajes despoblados, rurales, a dos millas de distancia. Lloraba ininterrumpidamente


Hasta ahora nunca he reflexionado sobre lo que le debo a Herodoto. Me había comprometido con Tácito, a quien leí en la época en que estaba escribiendo la novela; él me empujó definitivamente a las fauces del poder.
Cuando, siendo aún muy joven, leí a Herodoto, el poder ya era para mí algo problemático, pero todavía no un tema de preocupación constante. Lo llegó a ser gracias al Tiberio de Tácito.
 


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