
| | David Alhambra Flashbacks, Timothy Leary
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 | | | En ese momento salió a escena un muy enigmático agente que iba a cambiar las vidas de toda nuestra compañía: Michael Hollingshead.
Exhibiendo un acento de catedrático de Oxford me llamó y me transmitió saludos de su supuesto mentor, el distinguido filósofo británico G. E. Moore. Yo mordí el anzuelo e invité a Hollingshead a comer al Club de Profesores. Rondaba los treinta y cinco años, era de mediana estatura, se estaba quedando calvo y poesía un estilo fantasioso, plagado de ingeniosas historias de realidades múltiples. En base de su afirmación de que había ingerido más LSD que nadie en el mundo le invité a quedarse en nuestra casa para actuar de asesor del proyecto.
Al parecer él y un médico de Nueva York habían obtenido de la Sandoz diez mil dosis de ácido lisérgico para estudiar sus efectos en el tejido de redes de las arañas. Mezclaron la sustancia con azúcar en polvo húmedo, que metieron en un matraz de laboratorio con la teoría de que las arañas se pirrarían por los dulces. Como idea de última hora lamieron la cuchara. Puesto que no sabían nada de dosis humanas, no eran conscientes de que habím absorbido cerca de un centenar de veces más que nadie en la historia de la farmacología.
Según Hollingshead, los dos diligentes científicos se quedaron inmóviles en el laboratorio durante horas petrificados por lo que sucedía en el interior de sus cerebros. Se volvieron místicos en el acto, cruzados devotos de la causa de los estados alterados. Hollingshead envasó la mitad de la pasta de azúcar en un tarro de mayonesa, se despidió de las arañas y partió para enchufar al mundo. La primera parada de su misión era nuestro proyecto.
Michael recorría mi casa dando saltos con su expresión venusina, tarro en mano, y ofrecía a todos y cada uno el viaje intergaláctico. En un principio no hubo voluntarios porque habíamos decidido restringir nuestra investigación a la psilocibina. Yo había impuesto una prohibición que alcanzaba incluso a la pobre e inofensiva marihuana, con el deseo de mantener nuestro proyecto libre de cualquier asociación con las drogas de mala reputación. A la vista de que lo habían empleado investigadores de guerra química y psiquiatras que intentaban inducir psicosis, el LSD no tenía muy buena fama.
Hollingshead probó el efecto íntimo, «Conócete a ti mismo» de nuestra psilocibina y la desdeñó con sorna, asegurando que no era más que colorines bonitos comparada con las detonaciones filosóficas del ácido lisérgico.
Entran Maynard y Flo Ferguson, intrépidos ontólogos en visita de fin de semana. Fue fácil convencerlos de que siguieran a Hollingshead allá donde ningún humano había ido antes. Dócilmente se tragaron una cucharada a rebosar del famoso tarro de mayonesa. Treinta minutos después del lanzamiento, el rostro de Flora Lu irradiaba ese resplandor que se aprecia en los cuadros de Giotto.
-Tienes que probarlo -me susurró.
Y bien, ¿qué podía hacer yo? Lo probé.
Tardó una media hora en subirme, y cuando lo hizo fue de forma repentina e irresistible. Di tumbos y vueltas por avenidas fibrosas y blandas de luz que emitía algún punto central. Fundido en ese rayo palpitante podía asomarme al drama cósmico en su totalidad. Pasado y futuro. Todas las formas, todas las estructuras, los organismos y los acontecimientos eran programas de televisión emitidos desde el ojo central. Todo lo que había experimentado y leído alguna vez bailaba ligero de ropa ante mí como en un vodevil del siglo XlX. Mis ilusiones, los disfraces cómicos, el atrezo extraño y en perpetuo cambio de árboles, cuerpos y decorados de teatro.
Tras varios miles de millones de años me encontré recorriendo a pie el teatro de marionetas de la realidad. Pensé en mis niños y subí al piso de arriba, al cuarto de mi hija. Susan estaba sentada en la cama, la viva imagen de una chica de trece años con los rulos puestos, leyendo con gesto torcido el libro de texto que tenía en el regazo mientras en el cuarto atronaba un rock-and-rolL Parecía una imagen del Saturday Evening Post.
-Hola, papá.
Estaba mordisqueando un lápiz. Me apoyé de espaldas en la pared, asombrado por aquella marioneta desconocida de la cadena de montaje americana. Ella alzó la vista hacia mi.
-Papá ¿qué querrás por Navidad?
Siguió royendo el lápiz, leyendo el libro con la frente arrugada y meciéndose levemente al ritmo de la música. Al cabo de un minuto alzó de nuevo la vista.
-Papá, te quiero.
Una sacudida de terror. Eso era mi hija y aquello era el juego padre-hija. Un intercambio vacuo, superficial, estereotipado y sin sentido de «Hola, papá; Hola Sue; ¿Cómo estás, papá?; ¿Cómo va el cole?; ¿Qué querrás por Navidad?; ¿Has hecho los deberes?» El muñeco de plástico del padre y el muñeco de plástico de la hija montados los dos sobre ruedecillas y pasando el uno por delante del otro, vuelta tras vuelta sobre unos raíles fijos. Una completa vulgarización de la situación real: dos conglomerados complejos de billones de células arraigados en una eternidad de evolución que compartían por un instante fugaz una configuración espaciotemporal única. Se nos ofrecía la oportunidad de fundir nuestras almas y sacar a la luz la divinidad del otro, y nosotros intercambiábamos graznidos de «Hola, papá; Hola, Susan».
La miré suplicante en un esfuerzo por entablar contacto real. La culpabilidad me aturdía.
Bajé poco a poco la escalera y salí al jardín. Nieve, árboles, luz de estrellas. Todo se veía nítido, aguzado, ampliado. Me quedé quieto y paré la oreja por si oía la respuesta. ¿Dónde está el centro? ¿Qué podemos hacer? Entonces, con rapidez, recapitulé todas las soluciones que ha probado la mente humana. La sociedad, migraciones, agrupamientos, traslados tribales, invasiones, la siembra de cosechas, la construcción de ciudades, la búsqueda incansable de posibilidad y sentido, los códigos morales, los tabúes y los parentescos. ¿Qué hacer y adónde ir? Veía de antemano el resultado de cualqier acción que pudiera emprender. Entonces, como un muelle que vuelve a contraerse, desanduve mis pasos hasta el punto central frente al fuego donde habíamos comenzado la sesión. | | |
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