
| | David Alhambra Michel Leiris, La Edad Del Hombre
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 | | | Una de las últimas cosas que se me ocurre pensar al pronunciar el nombre de Cleopatra es precisamente la frase de Pascal a propósito de su nariz, e ignoro si habría sido necesario que fuera más larga o más corta para que la faz del mundo hubiera cambiado apreciablemente. Detesto ese tipo de aforismos que parecen decir mucho y que no explican nada. Eso tal vez no lleva a ninguna parte pero, en todo caso, es cierto que cuando digo «Cleopatra» pienso antes que nada en el áspid oculto en una cesta de higos (como casi todo el mundo, tengo horror a las serpientes) y, después, en los leones a los que arrojaba a sus amantes.
Aquí pienso en una mujer en particular que me abstendré de definir y de la que incluso no diré nada sino que fue a la vez Lucrecia y Judith. Lucrecia, porque en cierto sentido puedo considerarla víctima de mi maldad; Judith, por todo lo que había en ella de marchito y consumido. Añado que en seguida le atribuí algo de raciniano y que estaría tentado a describirla como Fedra, más aún que como Lucrecia o Judith.
Nuestros destinos no se unieron sino en un contacto extremadamente breve, pero por limitadas -más aún, apenas esbozadas- que hayan sido nuestras relaciones, ese encuentro tan reciente me iluminó a mí mismo de una forma tan brutal que apenas puedo continuar redactando este escrito, a tal punto tengo ahora conciencia de encontrarme al pie del muro, en un estado de indigencia que excluye toda posibilidad de forjarse mitos o esos polos medio legendarios a los cuales -al aspirar tan ardientemente a la sinceridad- nos referimos siempre, porque sólo ellos nos permiten vivir.
Me dirijo aquí a esa mujer únicamente porque está ausente (¿a quién escribiríamos sino a una persona ausente?). A causa de su alejamiento se confunde con mi nostalgía, se insinúa entre mí y la mayoría de mis pensamientos. No se trata realmente de que ella sea objeto amado sino sólo sustancia de melancolía, imagen -fortuita quizás, pero aún así apropiada- de todo lo que me falta, es decir, de todo lo que deseo y que se relaciona con esa ansia urgente de expresarme, de formular en frases más o menos convincentes lo muy poco que siento y de ponerlo sobre el papel, persuadido como estoy de que una musa es necesariamente una entidad muerta, una persona inaccesible o ausente, de que el edificio poético -semejante a un cañón, que no es más que un agujero con bronce alrededor- sólo puede descansar sobre lo que no se tiene, y de que el hecho de escribir no se realiza a fin de cuentas sino para colmar un vacío o al menos para situar, en relación con la parte más lúcida de nosotros mismos, el lugar donde se abre ese inconmensurable abismo.
Una de las cosas que mejor -y más tristemente- me ha aclarado la apariencia de aventura que tuve con esa mujer es la siguiente. Todos mis amigos lo conocen: soy un especialista, un maníaco, de la confesión; ahora bien, lo que me impulsa -sobre todo con las mujeres- a la confidencia es la timidez. Cuando estoy solo con un ser cuyo sexo basta para hacerlo tan diferente de mí, mi sensación de aislamiento y miseria es tal que, perdidas las esperanzas de encontrar algo que decir a mi interlocutora que pueda ser la base de una conversación, e incapaz también de cortejarla si la deseo, a falta de otro tema me pongo a hablar de mí mismo. A medida que se suceden mis frases la tensión sube y sucede que consigo establecer entre mi pareja y yo una sorprendente corriente dramática, pues mientras más me angustia la turbación del momento, más angustiadamente hablo de mí, haciendo hincapié en esa sensación de soledad, de separación del mundo exterior, y terminando por no saber si esa tragedia descrita corresponde a la realidad permanente de lo que sayona es más que la expresión imaginada de esa angustia momentánea que sufro en cuanto entro en contacto con un ser humano y me pongo, de alguna manera, en la obligación de hablar. Así, frente a una mujer siempre estoy en situación de inferioridad; para que pueda suceder algo definitivo entre nosotros es necesario que sea ella la que me tienda la mano; nunca es a mí a quien le toca el papel normal del varón que conquista sino que, en ese combate de dos fuerzas, soy siempre el que representa el elemento dominado. Más aún, al haberme dejado llevar por la situación, y haberla aceptado, corresponda o no a mis deseos, experimento a cada instante la humillante sensación de haberme contentado con lo que tenía a mano, de no haber elegido. De ahí la impresión constante de debilidad y, al mismo tiempo, de engaño, si se da el caso de amar y ser amado. | | |
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