La flor de las cenizas

Año: 
2007

En Las provincias del frío (Sevilla, Algaida, 2006, VIII Premio Eladio Cabañero), Santos Domínguez Ramos (Cáceres, 1955) abría el poemario con este par de versos:
 

El lector se levanta para ver la fatiga vegetal del paisaje,

triste como los lunes en los parques zoológicos.


Para titular el presente libro ha elegido un verso de Jaime Sabines que responde a la pregunta ¿Para qué sirve la poesía? Para sacar –afirma el poeta- la flor de las cenizas. (Borges, a la gallega, contestó: ¿Y para qué sirven los amaneceres?).

Son, si se quiere, dos datos menores, pero que vienen a ejemplificar, a nuestro juicio, la estrechísima relación que en la poesía de Santos Domínguez hay siempre entre lector y creador. Su obra, ajena a la angustia de las influencias, avanza reconociendo la aportación de la tradición literaria, clásica y contemporánea, como si se hubiera sentido interpelado por ella, instado a dialogar con ella.

En varios de sus libros (Pórtico de la memoria, el citado Las provincias del frío...), el poeta ha dejado muestras expresas de su homenaje a creadores dilectos, y no solo literatos, pero sus sucesivas entregas son, aunque dominadas por una voz propia, rigurosamente novedosas. Y es que todo escritor crea un poema porque "nota su ausencia", porque siente que falta en el universo siempre inacabado que está construyendo.

Afirma Ramón Nieto que el poeta "trabaja y crea más allá de sus límites, quizá porque la creación -como el universo- se encuentra entre su límite y unos centímetros más allá, donde no sabe qué hay, o a lo sumo sospecha que hay una irradiación". Esta circunstancia entraña una dificultad para el crítico que, por deformación profesional, se obsesiona en ubicar el nuevo libro en su entorno, una tarea tal vez inútil, dificultosa, por cuanto, de un lado, se trata de un nuevo producto, y de otro, suele enfrentarse a textos poéticos no transparentes que aspiran a perdurar (de hecho el poema suele ser menos fungible que la narración), a admitir la relectura.

Puesto que un texto interpretado por completo es un texto consumido, el poema "moderno" presenta una resistencia inicial, pide relecturas que vayan iluminando zonas de sombra. De este modo, la lectura se convierte en un diálogo. Preferimos ahora un poema más transparente, nos atraerá en otro momento un texto hermoso pero enigmático, en otra ocasión nos subyugará un poema irracional que se resiste a su asedio, que no aspira a ser entendido sino tan solo a crear una cierta afinidad emocional. De este modo, entre lo figurativo y la abstracción, la poesía, liberada de las condicionantes comerciales, se convierte en la vanguardia de la creación literaria.

Todas estas peculiaridades definen el libro que comentamos, que contiene en su título dos nociones fuertemente contrastadas: "flor", que puede simbolizar la creación artística y lleva inseminada una promesa de vida (fruto), y "cenizas", que remite a la idea de muerte como anonadamiento. Ambas nociones reaparecerán en el libro formuladas de diversos modos, pero resulta sintomático que la primera de ellas abra el libro (el poema es en primer lugar un pensamiento rumiado, luego un verso), y la segunda lo cierre (con la imagen del tiempo destructor en su danza siniestra:

 

 

el péndulo recobra su vértigo redondo,
sus ritmos tutelares, sus estragos antiguos.


En medio de estos dos motivos antitéticos (en definitiva, la creación y la muerte), se suceden unas composiciones marcadas por un tono meditativo que tiende a ver en su entorno "avisos de la muerte". No es infrecuente que la naturaleza muestre, como en los poetas románticos, su rostro más dañino y destructivo, como sucede en Cáliz de fuego en que se evoca un paisaje "bajo el aire quemado del verano", o en Flor de almendro, en que un viento "ciego y negro", "como la muerte mínima, como la muerte anónima", hiela la temprana flor de los almendros, una amenaza que el poeta percibe como próxima a él también, desde el momento en que reflexiona diciendo:

 

 

 

 

no miras el paisaje: eres tú ese paisaje.


Frente a imágenes de naturalezas desoladas, de ocasos y momentos nocturnos con similares significados connotativos, sobresale por su reiteración el motivo del pájaro solitario que gorjea en unas zarzas, del mirlo que entona su canto "sobre el borde sonoro de la tarde", que podemos interpretar en la misma dirección, y reconocer, finalmente, en ellos una personalidad desconsolada que halla consuelo en la literatura (esto es, en la lectura y en la creación literaria).

La poesía de Santos Domínguez ha alcanzado hace ya tiempo un alto grado de excelencia formal, reconocida en numerosos galardones. Su registro es nítidamente culto y su ritmo, con predilección por versos de andadura amplia (endecasílabos y alejandrinos), muy cuidado.

En La flor de las cenizas nos parece que ha alcanzado un logrado equilibrio entre la expresión lógica de la reflexión y la expresión irracional de las intuiciones, como en el siguiente ejemplo en que contrasta el empleo de una sintaxis ordenada que, sin embargo, rompe la ilación semántica de la frase (obsérvese cómo ninguna palabra hace predecible la siguiente):

 

 

 

 

Desde un fondo de estrellas sin abril
entonan los heraldos la melodía curva
del frío.

 

 

Literatura, Santos Domínguez Ramos