Luna y ciencia nocturna

Año: 
2010

Nunca fui capaz de encontrar sus nombres. Nunca fui capaz de enseñar a mi traicionera memoria a identificar pasajes aprendidos con esfuerzo. Mis recuerdos son como el hielo que dice la canción, quebradizos y transparentes. Aparecen y desaparecen en un desequilibrado e incontrolado vaivén.

Nunca seré capaz de explicar un punto presente a través de los infinitos que llegaron antes y que forman una línea que no quiere detenerse. Ni siquiera cuando leo sus nombres en la cabecera de la página, cerca del título y alineados a la derecha.

Sólo busco algo en el cielo que con su batir de alas me consuele. Y, con su sonido y figura majestuosa, me haga olvidar el reflejo conocido y el recuerdo desconocido del desconsuelo. Sólo busco la diferencia que rompe la monotonía de la injusta simetría de la belleza. Y me engaño pensando que es alcanzable cuando escucho su canto escondido detrás de las nubes, cuando aparece tan blanca cuando el cielo es tan negro.

Siempre fui capaz de embriagarme con sus emociones, soñando que quizás hubieran sido mías, como si hubiera sido yo quién hubiera leído aquello pasajes que aparecen ahora destacados en cursiva. Recordando los títulos cuando me acerco a cualquier estantería. Imágenes que despiertan a través de un giro desconocido en el pecho, justo al lado del brazo izquierdo.

Descubrí la pausa en sus versos. Descubrí que aún se puede leer despacio. Descubrí la vida y las sombras detrás de cada palabra y pude ver el camino que huye cuando se leen todas juntas.

Gracias Santos, gracias por compartir la emoción de la lectura, gracias por hacerla también mía, gracias por el consuelo de tus versos, gracias por la evasión del que siente nostalgia por algo que probablemente no ocurrirá, gracias por el dulce sabor de las lágrimas que se precipitan a un abismo que no entiendo. Gracias por encontrarte un día. Gracias por ese sueño encuadernado que has llamado Luna y ciencia nocturna.



EL CIELO SOBRE BERLÍN

                    Estar solos, indefensos.
                    Dejar que todo ocurra.

                    Peter Handke

No son legiones, vienen
de dos en dos al mundo sin alas de los hombres.

Vienen desde la estela,
desde sus claroscuros de hielo y de grisalla
para encender hogueras de silencio,
contra la lenta luz nevada del invierno.

Vienen para probar el sabor de la sangre
y el calor de la herida, para ver cicatrices
o los colores blancos del dolor en los pájaros.

Son la mano que escribe sobre el tiempo del sueño
las armonías secretas y azules de su canto
en las estatuas frías de las islas extrañas.

No duermen, pero sueñan la cruz del sur con lluvia,
las escalas oscuras del ángel de las lágrimas.
Sueñan con una casa que flota sobre un lago,
el reflejo de un mundo debajo de otro mundo.

Tan lejos y tan cerca,
despliegan en el cielo las alas del deseo
y en el planeo violeta de la tarde,
en el umbral del tiempo,
se paran para oír
las músicas esféricas de las constelaciones.

Coetáneos de los pájaros, tienen la edad del vuelo,
son los que queman árboles, los que incendian la orilla
remota de los ríos.
No traen otro mensaje que su misterio ardiente,
su nada desvalida
de hijos abandonados de los dioses.

En su tierra de nadie sus canciones sin letra
cantan desde el vacío de sus bocas cerradas
acordes inefables,
la médula del miedo, los delfines del sueño.

Literatura, Santos Domínguez Ramos