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The Cure
  
INTRODUCCIÓN
  por César Arza González

BLOODFLOWERS
  por César Arza González

DISINTEGRATION
  por Francisco Javier García García

PORNOGRAPHY
  por Juan Moreno Escalada







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Un poco de historia

En 1978, Robert Smith y un par de amigos concluyen que con el nombre de The Easy Cure (La cura fácil) su grupo no va a ningún sitio, y deciden acortarlo a, simplemente, The Cure.

Veinticinco años después, son en el mundillo musical uno de esos dinosaurios gigantescos y casi míticos que, junto con Depeche Mode, U2 y casi-para-de-contar, han conseguido nacer y alcanzar la cumbre en los ochenta, sobrevivir (altibajos y renovaciones aparte) a los noventa y, ya asentados en el nebuloso terreno en el que la historia se convierte en leyenda, mirar con cierta mueca displicente a todos los nuevos chavalines que, ya en el nuevo milenio, machacan con ilusión su guitarra y su bajo esforzándose por hacer canciones que lleguen a ser tan históricamente esenciales como las de estos habitantes del Olimpo.

Leí en una ocasión que una forma de saber si una expresión cultural se ha convertido en un fenómeno universal, sobrepasando los límites temporales y espaciales de su circunstancia concreta, es comprobar si ha generado un icono identificable incluso por quien no tiene una experiencia directa con ella. Hay gente que no habrá visto, ni tendrá el menor interés en ver, ninguna de las películas de Star Wars, pero que sería capaz de reconocer sin problemas el casco de Darth Vader. Incluso sin recordar el nombre, lo describirían como "el casco del tipo alto tan espeluznante de esas pelis de navecitas". Y hay gente que nunca habrá oído, sabiendo quién era el intérprete, una canción de The Cure, pero que, a la vista de una cara pintada de blanco y una alborotada mata de pelo cardado, tendría claramente en su mente la imagen de "uno de esa panda tan rara, de esos siniestros".

Y en estas que sale a la venta una caja de lujo -edición especial limitada para coleccionista, y todos los calificativos que quieras-, con cuatro cedés, conteniendo por completo la larga (y bastante buena) lista de sus caras b, rarezas, remixes y ese tipo de cosas que hacen que los fans nos pongamos a salivar tontamente como perros paulovianos.

Tres amigos se reúnen y, puesto que no tienen un grupo al que acortar el nombre, deciden en su lugar, conmemorando la emoción producida por la susodicha cajita Join the dots ("Une los puntos". Una forma ingeniosa de decir: junta todas las canciones y formarás la imagen, verás lo que fueron y son, la historia, cómo evolucionaron... lo que define The Cure) escribir cada uno sus sensaciones sobre un disco de The Cure. Javi, como promotor de la idea, elige primero, Disintegration. Yo advierto que a los otros dos no nos lo deja fácil: Juan y yo nos pegaremos como salvajes por Pornography... Pero, en cualquier caso, tardo poco en darme cuenta de que no puedo sino ceder ese disco en agradecimiento a quien fue, en gran parte, quien me descubrió, y con quien luego, a la vez, descubrí de forma más profunda, la oscura atracción por The Cure. Juan merece (y tiene la capacidad de) desmigajar el angustioso laberinto de Pornography mucho más y mejor que yo.

¿Qué opción me queda? Lo tengo delante de los ojos, y tardo poco en encontrarlo: tanto Disintegration como Pornography (sobre todo este último... Si tuviera que elegir un disco con el que bajar al infierno... y luego ser capaz de reunir esquirla a esquirla los pedazos del alma rota para salir...) son de esos discos que pueden llegar a incrustarse como un mineral precioso dentro del alma de alguien, tan gigantescos y deslumbrantes que son capaces de marcar a fuego, con un significado íntimo e irreemplazable, una época en la vida de quien los escuche con un mínimo de interés y la actitud adecuada, y juro que ha habido semanas de estos últimos años en las que no he podido quitarme de la cabeza frases como "A veces haces que me sienta como si viviera en el filo del mundo" o "Y las paredes se hunden y el cielo y lo imposible explotan". Pero esa sensación, esa veneración hasta el punto poner en un pedestal esos dos discos, me digo, es algo común a cualquier fan de The Cure lo suficientemente hard-core. Y, desde un punto de vista más personal, Bloodflowers en mi pequeña joyita privada. Tal vez porque fue el primer disco de The Cure con el que me sumergí de forma deliberadamente suicida en su música, sin recelos, dejándome llevar y hundiéndome en el sentimiento profundamente impreso en las canciones de Robert Smith. Tal vez porque es un disco bastante discutido por un número considerable de fans, no tan unánimemente alabado como los dos anteriormente nombrados, y eso hace que se le quiera con cierta ternura cómplice, como a ese niño terriblemente tímido e inseguro que nunca se ha atrevido a expresar todo lo que lleva dentro. O tal vez porque, si pienso pormenorizadamente en todo lo que me hace evocar este Bloodflowers, no puedo sino hacerme la siguiente pregunta: ¿Qué hubiera pasado si Lord Byron hubiera vivido lo suficiente para cumplir cuarenta años?



[ Un poco (más) de historia... ]

  
    
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