Esperit! y Negro presentan "Heráclito"

Friday, May 20, 2016 - 21:30
Madrid

Tenía un espina clavada con Negro. Le vi en un concierto en el que iba de telonero imprevisto y que, entre la espera y el cansancio, hizo que no lo entendiera y huyera de él. Sin embargo, en mi recuerdo, quedó grabado ese deseo de volver a verle en otras condiciones. Muchas veces ocurre que las fechas tanto de salida de discos, conciertos, estrenos de cine, exposiciones se marcan en una agenda siempre extranjera que, en la mayoría de los casos no coincide con la de los demás, o al menos con la mía. Y aunque uno fuerce a que esa también la fecha de un nuevo compromiso conjunto, muchas veces, simplemente, no ocurre. Y si ocurre y no funciona, creo que no era el momento.

Esta vez sí lo era y así fue. En La Faena II dio un concierto emocionante de esos que uno no puede olvidar y que repartió esa genialidad que abriga al desconsuelo del errante y eterno extranjero.

Esperit! puso el movimiento, la sonrisa y la sorpresa. Artesano solitario del orquestas de arena, construye sus castillos efímeros a base de jugar con el viento caprichoso de repeticiones y grabaciones que nacen ya olvidadas. Las canciones se superponen en aire y desaparecen cuando te acercas lo suficiente.

Ese sábado fue los que uno se siente afortunado al saber que si algo así puede ocurrir, sólo puede ser allí. En La Faena II.

 

 

Un día, que no fue el último de aquel verano, salió temprano de su refugio antiaéreo. De todas las tardes de sol, eligió una noche de silencio y arrepentimientos. De todas las carreteras posibles, empezó a caminar por aquella calle que siempre estaba desierta.

No hubo despedidas porque allí ya no quedaba nadie.

“Hombros atrás, cabeza alta, mirada al frente, avanza con decisión”, se decía a si mismo mientras caminaba mirando suelo y arrastrando los pies. Despierto por sombras intermitentes, reconoció aquel animal poderoso que bailaba en una pared de ladrillos.

Desde la acera de enfrente, y sentada detrás de una mesa y un micrófono, alguien jugaba con la luna. De sus manos negras huían sombras que se proyectaban en una pared en la que siempre hubo sangre, pero ninguna lágrima.

Deslumbrados, uno de luz llena, otra de miradas nuevas, eligieron un número que escribieron en un papel de color. El revisor de esta nueva estación inventada les dijo: “Esta es una noche perfecta para partir”.