62 FESTIVAL INTERNACIONAL DE CINE DE SAN SEBASTIÁN

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Iñaki Pardo

ZINEMALDIA



UN RECUERDO



Cuando te pregunté qué era el cine para ti, dibujaste en mi imaginación una película que se transformaba en mujer y el espectador en un indeciso, abrumado, torpe y despistado cómplice de un tango. Agarrado de su cintura, y empujado por la aventura, te arrastra rápido hacía un destino desconocido, para luego dejarte caer en el mismo suspiro, para luego recogerte y llevarte al cielo, justo cuando sus ojos se cierran y su sonrisa desaparece a escasos centímetros de tus labios.
Cuando me devolviste la pregunta, te conté aquella vez que realmente resultó ser la primera. Era una noche sin luna ni estrellas, de calles vacías y lluvia silenciosa. Las luces de las farolas se reflejaban en los charcos del suelo difuminando formas y colores, transformando todo en sombras sinuosas. Un sonido de acordeón que subía y bajaba te atraía hacía una barandilla blanca sin horizonte. Justo a la derecha, un tiovivo sin niños marcaba el centro del parque adoquinado. Detrás había edificios señoriales que habían absorbido el color anaranjado de la arena que arrastra el mar.
La barandilla era una advertencia que no supe identificar, un punto que no debía sobrepasarse, aunque no hubiera ningún cartel que lo indicara, como si cualquier intento hubiera resultado inútil y no valiera la pena hacer ningún esfuerzo más por impedirlo. De todas formas ya había llegado y, una vez allí, siempre es tarde. Apoyado sobre el frío descubrí el mar que susurraba queriendo entrar en la cuidad mientras dormía. Estaba allí y lo único que nos separaba era aquella fría barandilla blanca de metal. Las luces que se escapaban se reflejaban en aquel mar que latía con ritmo tranquilo y constante.
Cuando cerraba los ojos, una isla cercana se convertía en una pantalla blanca. En ella aparecían personajes sin prisa hablando en el idioma de sus sueños, tal y como fueron contados la primera vez, sin pensar en cualquier juicio social que pudiera romper el encanto de su euforia. Hacía calor y estaba sentado en una butaca roja, pero alguien acercaba su coche y abría la puerta con un oferta irrechazable. En la invitación había una melodía escondida, que no se parecía a nada que hubiera escuchado antes, porque quién la cantaba nunca había salido de aquel coche de asientos de cuero que se lamentaban en cada curva.
Cuando recuperas la visión, las sombras siguen iluminando un horizonte que suspira, agoniza, atrae y pervierte, con sólo una fría barandilla metálica que separa lo desconocido del gris del suelo. La tierra rodeada es ahora un edificio con ventanas sin cortinas. Las personas se convierten en personajes que deambulan por ellas, cada uno con su propia historia que espera ser contada.
Ahora, desde la distancia, veo cerrar la última puerta. En un último ejercicio de resistencia, pruebo cuanto puede resistir un cuerpo alimentado únicamente de sus recuerdos.

(c) Fotografía Festival Internacional de Cine de San Sebastián: Iñaki Pardo. Texto: jabitxu